Durante gran parte de su historia, Chile construyó su desarrollo mirando hacia la cordillera. Desde allí provenían las aguas que abastecían ciudades, agricultura, industria y minería. Ríos, embalses y acuíferos conformaron la base de la infraestructura hídrica nacional, en un país donde la disponibilidad de agua dependía principalmente del deshielo y de las precipitaciones, pero hoy ese paradigma está cambiando.

La disminución de las lluvias, el retroceso de glaciares, el aumento de la demanda y la mayor variabilidad climática han obligado a diversificar las fuentes de abastecimiento. En este escenario, el océano comienza a adquirir un nuevo rol estratégico. La desalinización ya no se presenta únicamente como una alternativa tecnológica para zonas aisladas o para la gran minería; progresivamente se incorpora a la discusión sobre seguridad hídrica, resiliencia territorial y planificación del desarrollo.

Las cifras reflejan con claridad este cambio. Según el catastro elaborado por la Asociación Chilena de Desalación y Reúso (ACADES) y la Corporación de Bienes de Capital (CBC), a marzo de 2025 Chile registraba 41 proyectos de infraestructura hídrica basada en fuentes no convencionales, con una inversión estimada de US$22.159 millones y una capacidad proyectada superior a 45.000 litros por segundo.

Más que un crecimiento de la industria, estos números representan un cambio en la manera en que el país comienza a enfrentar uno de sus desafíos estructurales.

Del agua de mar al agua para distintos usos

Desalinizar consiste en reducir la concentración de sales presentes en el agua de mar hasta obtener un recurso apto para el uso requerido. Aunque existen distintas tecnologías, la ósmosis inversa se ha consolidado como el estándar predominante debido a su mayor eficiencia energética y operacional frente a otros procesos de desalación.

Sin embargo, una planta desalinizadora está lejos de ser simplemente un sistema de filtración. Su operación integra captación marina, pretratamiento, filtración, membranas de alta presión, remineralización, almacenamiento, impulsión y una gestión ambiental permanente de la salmuera generada durante el proceso. Cada una de estas etapas requiere ingeniería especializada y monitoreo continuo.

Por ello, hablar de desalinización no significa únicamente hablar de producir agua, sino de infraestructura crítica.

Una tecnología que dejó de ser marginal

Hace apenas algunos años, la desalinización era observada como una solución vinculada casi exclusivamente a la minería del norte de Chile. Hoy el escenario es diferente, el primer catastro nacional desarrollado por ACADES y CBC identificó 24 plantas desaladoras industriales en operación, distribuidas entre siete regiones del país, con una capacidad instalada superior a 10.500 litros por segundo.

La mayor parte de esa capacidad continúa concentrándose en la macrozona norte, donde la disponibilidad de agua dulce constituye una limitante histórica para el desarrollo productivo. La Región de Antofagasta concentra aproximadamente dos tercios de la capacidad instalada nacional, reflejando la estrecha relación entre minería y desalinización.

Sin embargo, el fenómeno ya no puede explicarse únicamente desde esa industria. Entre los nuevos proyectos aparecen iniciativas destinadas al abastecimiento multipropósito, producción de hidrógeno verde, consumo humano e infraestructura compartida, ampliando considerablemente el alcance de esta tecnología.

¿Por qué el país está invirtiendo en desalinización?

La respuesta no radica únicamente en producir más agua, su principal aporte consiste en diversificar las fuentes de abastecimiento. Cuando una ciudad, una industria o un territorio depende exclusivamente de ríos o acuíferos, su vulnerabilidad aumenta frente a sequías prolongadas, disminución de caudales o sobreexplotación de las reservas subterráneas.

La incorporación del océano como fuente adicional reduce esa dependencia y fortalece la resiliencia del sistema. Por esa razón, durante 2025 la cartera nacional de infraestructura hídrica continuó expandiéndose y, hacia comienzos de 2026, ya incluía 64 proyectos, con inversiones superiores a US$25.000 millones, considerando desalación, reúso y sistemas de transporte de agua.

Más que una tendencia tecnológica, se trata de una señal de política pública y planificación de largo plazo.

La desalinización también tiene desafíos

Presentarla como una solución definitiva sería un error, debido a que las plantas desalinizadoras requieren elevados niveles de inversión, un suministro energético estable y una adecuada integración territorial. Asimismo, generan salmuera, cuya descarga exige evaluaciones ambientales específicas para minimizar sus efectos sobre los ecosistemas marinos. El Servicio de Evaluación Ambiental cuenta con orientaciones técnicas para este tipo de proyectos, precisamente porque su diseño y operación requieren una evaluación caso a caso.

La discusión actual ya no gira en torno a si la desalinización es posible. La pregunta relevante es cómo incorporarla dentro de una estrategia equilibrada que considere eficiencia hídrica, reúso, protección de acuíferos y gestión integrada de cuencas.

Mirando hacia Atacama

En regiones como Atacama, donde convergen agricultura, minería, crecimiento urbano y una disponibilidad limitada de agua dulce, la desalinización representa una oportunidad que debe analizarse con una mirada territorial.

No constituye una respuesta única ni reemplaza otras medidas de gestión. Sin embargo, puede transformarse en un componente relevante dentro de una estrategia que combine innovación tecnológica, eficiencia hídrica, reúso de aguas tratadas y fortalecimiento de la infraestructura existente.

La seguridad hídrica del futuro probablemente no dependerá de una única fuente de agua, sino de la capacidad de integrar múltiples soluciones de manera coordinada.

Quizás el principal cambio que propone la desalinización no sea tecnológico, sino cultural. Durante décadas, la planificación hídrica chilena se concentró en administrar mejor las fuentes continentales. Hoy comienza a incorporar una nueva pregunta: ¿qué papel puede desempeñar el océano en la seguridad hídrica del país?

Responderla exige evidencia, planificación, inversión y una evaluación rigurosa de sus impactos y beneficios.

Pero también invita a reconocer que el futuro de la gestión del agua difícilmente dependerá de una sola solución. La resiliencia se construirá mediante un conjunto de herramientas complementarias, adaptadas a las características de cada territorio.

Lecciones para la planificación

  • La desalinización diversifica las fuentes de abastecimiento, pero no reemplaza la gestión eficiente del agua.
  • Su desarrollo debe considerar aspectos técnicos, energéticos, ambientales y territoriales.
  • El desafío de Chile no consiste únicamente en producir más agua, sino en construir sistemas hídricos más resilientes y sostenibles.


Sobre el Programa

El Programa Transforma Eficiencia Hídrica Sostenible Atacama promueve la difusión de conocimientos, tecnologías y experiencias que contribuyan a fortalecer la gestión sostenible del agua en la región, impulsando la innovación y la articulación entre los distintos actores del territorio.

Fuentes y lecturas recomendadas